• Pedro Catalán

Teatro breve, larga vida



X Certamen de Teatro Dramaturgo José Moreno Arenas

Juan Manuel Sainz Peña, Antonio Castro Jiménez, Néstor Villazón, Felisa Moreno Ortega, Juan Setién del Valle, Ana Perea García y José Moreno Arenas

Ediciones Carena. Teatro. Barcelona. 2019


El Certamen de Teatro Dramaturgo José Moreno Arenas, organizado por el Ayuntamiento de Albolote (Granada), la Fundación Fran­cisco Carvajal y la Asociación Cultural Karma Teatro, ha celebrado en 2019 su undécima edición, consolidándose así como uno de los certámenes más importantes en su modalidad.


El certamen, que lleva el nombre del reconocido autor alboloteño, se convoca anualmente para obras de teatro en dos modalidades: teatro breve y teatro mínimo. Se establece un primer premio para cada modalidad, con dotación económica y representación escénica de las mismas en la jornada de entrega de premios, y dos accésits para cada una de ellas que lleva aparejada la edición de un libro que las reúne y a las que se añaden, en las últimas ediciones, dos obras del propio Moreno Arenas. Ediciones Carena se encarga de la publicación de las obras con una esmerada presentación, como es el caso de esta X edición del concurso de 2018.


El primer premio de teatro breve fue para La caja azul, de Juan Manuel Sainz Peña (Jerez de la Frontera, 1970). Es un monólogo que refleja la dura y dramática realidad que viven muchos ancianos recluidos por sus hijos en una residencia cuando no pueden, o no quieren, hacerse cargo de ellos. José, que se ganó la vida como portero de un teatro, y mientras se inicia la rutina de un día más, reflexiona, con una buena dosis de ironía, sobre su pasado y su presente. Los recuerdos, apenas unas fotos y papeles guardados en una caja, van aflorando con nostalgia: los padres, la guerra, su infancia, el noviazgo, su mujer, los hijos… Todo se ha ido diluyendo hasta llegar a un presente inesperado y rodeado de “fruta pocha” como él. Entre el egoísmo, la rutina, las rejas y la soledad, asoman la esperanza, la sonrisa y la ilusión.

Sainz Peña, veterano autor jerezano, que ha sido merecedor de numerosos e importantes premios de narrativa, demuestra con esta obra una exquisita sensibilidad a la hora de abordar una situación tan actual y preocupante de nuestra sociedad en la relación y el trato con nuestros mayores. En su discurso pone al descubierto una realidad que afecta tanto a la familia como al resto de la sociedad, que debe de involucrarse, y esmerarse, a través de las instituciones, en el cuidado y acogida de estas personas, cada vez más numerosas, que deben afrontar en soledad los últimos años de su vida.

Es un texto conmovedor, con una medida gradación de los recuerdos, que sacude directamente al lector para no dejarlo indiferente ante este drama cotidiano cuando llega el declive. Con un lenguaje cercano y entrañable, José nos habla de la vida, de sus riquezas y de sus miserias. Pero José no ha perdido la esperanza. Y, al menos, por esta vez, la ilusión de reunirse con sus hijos se verá cumplida.


El primer accésit de teatro breve fue para Antonio Castro Jiménez (Tudela, 1954), por su obra Al fondo, a la derecha. Dos hombres, no importan los nombres, se desdoblan en cuatro diferentes parejas con el común denominador de un encuentro fugaz e impetuoso, en un urinario público. En la inmediatez de ese inesperado, o buscado a veces, encuentro, surge el deseo, la identidad sexual, la ambigüedad, el equívoco, el miedo a reconocer la realidad, y al diálogo rápido, atropellado, que se entrecorta con la atracción y el contacto físico, con el miedo añadido a ser descubiertos. Son tipos como el pijo y el progre, o el macarra, los compañeros de trabajo que se buscan y se desean sin saberlo en los vestuarios del polideportivo. A veces tienen mujer, familia, porque han sido cobardes y no han sabido, o no se han atrevido, a reconocer su verdadero yo y los auténticos sentimientos. Guardan las formas, las que imponen la sociedad, la familia, la cobardía, la frustración y al mismo tiempo se desean. Es un deseo ardiente, irrefrenable, súbito y apasionado. Diálogos de plano y contraplano, un duelo con el lenguaje vehemente y procaz, reflejo fiel de los personajes que lo protagonizan. Les ha costado tanto llegar hasta ahí, que tienen prisa por disfrutar.

Castro Jiménez es periodista y cronista de la Villa de Madrid, entre otras actividades, y autor de varios libros relacionados con los teatros históricos, entre los que destacan la de los teatros madrileños Lara y Reina Victoria. También ha publicado Homosexualidad y teatro en España. Con Al fondo, a la derecha nos ofrece un texto actual y espontáneo, con frases contundentes, que refleja una realidad que no se puede ignorar.


Al cielo con ella es la obra que mereció el segundo accésit de esta modalidad, cuyo autor es Néstor Villazón (Gijón, 1982). Una divertida parodia en la que el Capataz de la cofradía de la Virgen de Regla pretende llevar el paso con dos mujeres muy distintas, Inés y Assumpció. Inés, burguesa, bien vestida y enjoyada, educada para criar marido e hijos (Si mi marío es político… Yo no paso hambre.”) y llevar la casa, en fin, la tradición. Y Assumpció, del pueblo más “chico” de Cataluña, enamorada de Serrat y su “saeta”, educada en un colegio de monjas, que estudió filología y periodismo, y fue librera, pero prefirió trabajar por la noche y ascender a puta de las caras para conocer la vida de verdad, (“…saber qué le duele a quien vive a mi lado.”), con un hijo al que adora (“…puta, pero buena madre.”), y de cuyo padre prefiere no acordarse. Salió del pueblo en busca de su ídolo, y llegó al Raval, y ahora sigue por Andalucía cantando la “saeta” con la esperanza de un improbable encuentro. Inés no puede admitir que una puta la insulte llamándola burguesa y encima lleve el paso. Ella respeta las instituciones, la tradición, la familia, y amaga con abandonar, pero en el fondo, de lo que desearía huir es de esa trampa a la que la tiene atada la sociedad. El Capataz, pendiente de una y de otra para que su paso avance, reconoce, con su dejo andaluz, que, al fin y al cabo, no son tan distintas. Empieza a llover y, con la que está cayendo, el paso no puede continuar su camino.

Villazón, filólogo, poeta, dramaturgo, dedicado a la docencia, nos regala este texto, como una farsa, en siete escenas y un espacio sobrio, con una falsa procesión que no avanza, por mucho que se empeñe en hacerlo el Capataz, llevada por una puta y una burguesa. Hay rechazo, hay reproches entre estas dos clases opuestas y enfrentadas, con lenguaje muy expresivo y coloquial. Hay verdades, diferentes formas de entender el mundo y la vida. El sentido común viene del Capataz, que apela a la paz y la armonía si se quiere convivir, si se quiere que el paso siga adelante.


Felisa Moreno, José Moreno Arenas y Juan Manuel Sainz Peña (Foto: Javier Milena)

En la modalidad de teatro mínimo fue Felisa Moreno Ortega (Noguerones-Alcaudete, 1969) la ganadora por su obra El premio. Inopinadamente, cierto día un hombre recibe la visita inesperada de un desconocido. El trajeado personaje le comunica que ha sido ganador de un premio concedido por una misteriosa y siniestra asociación de maridos indignados que premia a los maltratadores, pero rechaza a los asesinos, y le invita a la próxima ceremonia. El marido no da crédito a lo que ocurre, pero acaba aceptando el honor de ser el “maltratador del año” y los regalos que conlleva. El visitante se despide y el hombre regresa a la rutina del sofá y la tele. La mujer, ya con signos visibles de violencia, recibe una nueva paliza, la última. La mujer queda inmóvil. El marido, desconcertado, cae en la desesperación porque no recibirá el ansiado premio.

Una pieza de humor negro, provocadora, para lanzarnos a la cara la violencia que hay detrás de cuatro tabiques. El teatro elimina esa cuarta pared y deja al descubierto una descarnada realidad que no puede dejar indiferente al espectador. Tal vez sea esa una de sus funciones.

Moreno Ortega es economista, escritora, premiada por su obra narrativa y también, más recientemente, por su obra teatral. Con El premio, pensamos, roza el esperpento, ese género en el que en las primeras escenas el espectador sonríe, se sorprende y, según avanza hacia el desenlace, se le congela la sonrisa en una mueca al comprobar que la tragedia que se ha consumado es real, tanto en el escenario como en la calle. Una obra dura, porque no puede ser de otra manera, que aborda la violencia contra la mujer como una lamentable lacra de nuestra sociedad.


El primer accésit de teatro mínimo se concedió a Juan Setién del Valle (Madrid, 1983) por la obra titulada Un pecado: la vanidad. A pesar de la presencia del coro doliente de mujeres, el hombre herido y el doctor que pone al descubierto las cicatrices del fuego, la pieza se desarrolla como un monólogo de la mujer que asiste a esa nueva realidad del amado con amargo temor. Sabemos por ella la entrega del hombre para salvar a las víctimas de un incendio, que al mismo tiempo, paradójicamente, suena en su boca como un incontestable y doloroso reproche (“¿Por qué tuviste que arriesgarte a salvarles?”). No puede enfrentarse a esta pesadilla que le produce tanta infelicidad, la imposible y fatal elección (“Salvando a otros de la muerte, me dejaste morir a mí.”).

Setién del Valle, licenciado en Filosofía, novelista y poeta, ha sido finalista del premio Adonáis en 2016. Este perfil poético del autor se deja ver en el lirismo del texto y las múltiples imágenes que sus palabras evocan. Una lucha interna de la mujer, presa de contradicciones y dolor que se expresa también en términos metafóricos. Es el fuego del corazón contra las llamas de la realidad. Una pieza de desesperanza y desolación cuando determina la mujer ahogar el recuerdo de lo que fue y relegarlo a las sombras del olvido.


Cara a cara, de Ana Perea García (Jaca, 1984) recibió el segundo accésit de teatro mínimo. Dos personas sin nombre, es decir, cualquiera, él y ella, el encuentro en un bar, el primer encuentro después de dos años. En todo ese tiempo solo mensajes por el móvil, y los consabidos emoticonos sustituyendo las falsas expresiones faciales predeterminadas a las verdaderas emociones. Se van redescubriendo uno frente al otro, como un juego, como adivinar si es verdad o mentira, o adivinar si es la realidad o es virtual.

Perea García, durante sus estudios en la ESAD de Sevilla, ha participado en La dama boba, de Lope de Vega, y en varios montajes teatrales, tanto clásicos como contemporáneos, y en musicales, además de completar su formación con otras actividades escénicas. La autora nos presenta una amable y amena historia que, a pesar de su tono distendido y de comedia, no deja de poner en evidencia un problema cada vez más presente en nuestra sociedad: esa contradicción que vivimos entre la dependencia del móvil y la comunicación a través de los dispositivos electrónicos, que más que conectarnos nos aíslan, y la realidad de una proximidad física para poder expresar nuestros sentimientos y emociones con gestos y palabras. Así parecen entenderlo los personajes cuando, finalmente, arrojan los móviles a la basura y se alejan caminando juntos, porque han decidido que es mejor el cara a cara.


A continuación de las obras ganadoras, en las “Páginas de honor”, se incluyen dos obras de Moreno Arenas.

En Las máquinas, Pepico, el Abandonao, un hombre solitario y desharrapado, con unas cuantas copas de más, se topa con tres máquinas expendedoras de tabaco, gasolina y cerillas. Una combinación incendiaria. En su monólogo, este bombero abandonado por su mujer, a pesar del alcohol, deja entrever una lucidez que define no solo su situación, sino la del ser humano en la sociedad contemporánea. La soledad, la incomunicación y la ausencia de diálogo y de convivencia real con nuestros semejantes. Su alegría inicial cuando escucha la voz femenina de la máquina de tabaco, con la que pretende ligar, se frustra por un diálogo imposible. Este desencuentro se repite sarcásticamente con el surtidor de gasolina, al que confunde con un colega, y fruto del encontronazo y del desaire, acabarán ambos mojados de vino y combustible. La última máquina, la del mono cerillero, será la que determine el encuentro fatal, su tragedia. El mono de peluche, generoso, enciende el último pitillo de Pepico, que arde como una pavesa. Un hombre quemado, en todas sus acepciones. Una pieza, un personaje y una imagen grotescos para pintar una cruda realidad.

El fino, teatro mínimo, es un divertido diálogo entre el Operario que desmonta los decorados de escena, y el Espectador que aprovecha su visita al teatro para compartir un fino. Pretexto para poner en evidencia la ausencia de su mujer, ocupada en las tareas domésticas, mientras él ha tenido tiempo de repasar la prensa, ver la televisión y llegar con la anticipación acostumbrada a su butaca para la función teatral. Una mirada crítica, expresada irónicamente, sobre esta desigual e injusta relación interpersonal.

José Moreno Arenas (Albolote, 1954), prolífico autor, responsable de más de un centenar de obras, da nombre al certamen y, en las últimas ediciones, se incorporan dos obras suyas bajo el epígrafe de “Páginas de honor”. Dos buenas muestras de su actividad creadora. Las máquinas, ganadora del premio Rafael Guerrero (2000), aparece publicada en varias ediciones posteriores y traducida al catalán. El fino pertenece a la tercera parte de la Trilogía mínima del fino y el pescaíto frito (2001). El humor, la ironía, el sarcasmo –¡y que no falten!–, son algunas de las constantes de su teatro, siempre sensible a los problemas, algunos seculares, que marcan nuestra sociedad. Ampliamente reconocido, basta acercarse a los estudios y tesis realizados sobre su trabajo para hacerse una idea del alcance de su obra.


A lo largo de estas páginas hemos encontrado reflejadas la vejez, la soledad, la homosexualidad, las diferencias sociales, el maltrato a la mujer, la vanidad, la disociación entre la realidad y lo virtual, y la incomunicación, abordados desde diferentes géneros y diferentes estilos, lo que hace varia y enriquecedora la experiencia lectora. Obras de nuestro tiempo que hablan del aquí y ahora, un presente vivo que se disecciona, se analiza y se critica y, al mismo tiempo, se invita a la reflexión, pero, como siempre, el lector es el que tiene la última palabra. Un libro de teatro sumamente recomendable para disfrutar con su lectura, porque no debemos olvidar esa chifladura que tenemos los amantes de la escena de repetir, incansablemente, que el teatro también se lee. Larga vida al teatro breve.


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