• José Manuel Motos

Moreno Arenas: Homenaje a un Lorca en carne viva


José Manuel Motos y José Moreno Arenas (Foto: J. M. Ferro)

Moreno Arenas: Homenaje a un Lorca en carne viva. Contiene el texto de Federico, en carne viva, de José Moreno Arenas.

Estreno. Revista semestral de teatro español contemporáneo, Vol. XLV, N.º 1, Primavera 2019.

Austin College. Sherman (Texas. E.E.U.U.).


Escribe Eugene Vale, novelista y guionista suizo afincado en Los Ángeles, que su amigo Maurice Maeterlinck le dijo: «Tener ideas es un Paraíso, pero elaborarlas es un Infierno». Pepe Moreno, en Federico, en carne viva, ha viajado del Paraíso al Infierno. Ese viaje es el que nos muestra en esta obra de teatro.


Maeterlinck, dramaturgo belga y Premio Nobel en 1911, escribió, entre otras obras dramáticas, La intrusa. La intrusa, a diferencia de La dama del alba, de Alejandro Casona, es una dama ausente a la que ni tan siquiera se nombra. Tampoco es un personaje ausente como el lorquiano Pepe el Romano. Maeterlinck consigue que su personaje ausente esté presente. Sin ser nombrada por los personajes que aparecen en el escenario, la intrusa los toca, les habla, los mira, entra y sale, es una energía, una atmósfera que trasciende el escenario e invade el patio de butacas, todo el teatro. El espectador siente esa atmósfera. Federico, en carne viva es atmósfera que nos atrapa. Maurice Maeterlinck y Pepe Moreno, como prestidigitadores o poseedores de una energía invisible, expanden esa atmósfera por todo el teatro.


Pepe Moreno, creador, escribe cómo es el inicio de su obra: «Mientras los espectadores van entrando…, se escuchan unos acordes de guitarra: primeros compases de Verde que te quiero verde». Desde que el espectador entrega su entrada al acomodador y cruza la que separa el vestíbulo de la gran habitación en donde va a suceder la representación, la obra ya se está representando.


El espectador se sienta en su butaca. Todos los espectadores ya están sentados en sus butacas. Y Pepe Moreno sigue describiendo lo que sucede: «Pasan unos segundos. Silencio». Y para que el director que ponga en escena la obra no se vaya de ligero, Pepe Moreno insiste: «Siguen pasando los segundos. Silencio. Nadie en escena». La primera acción, aparte del silencio, que sucede en el escenario es el movimiento con ruido de una alcantarilla. Ruido y movimiento que se repite tres veces. La primera acción humana son unos ojos y un rostro aún sin identificar que observa al público. Pero, atención, para cuando Federico sale de la alcantarilla, Pepe Moreno ha escrito ya ocho veces la palabra: «Silencio». Silencio que es acción. El primer drama que nos presenta Pepe Moreno en esta obra es el silencio. Ojo, no es lo mismo el silencio que contiene una acción, un drama, que el “tiempo vacío de acción” del Acto sin palabras II. Para dos personajes y un aguijón de Samuel Beckett.


Quien lea o vea esta obra, que no espere encontrar a un Federico vestido con los ropajes y adornos que le han colocado estudiosos y aprovechados. El Federico de Pepe Moreno, que no sabemos si es personaje vivo, revivido o en transición, no viene del cielo, ni del olimpo, ni del propio teatro, ni del público. Federico viene del inframundo o, según se mire, del sobremundo. Llega por una alcantarilla que comunica con ese espacio que existe bajo la tierra o bajo la arena. Trae otra realidad, otra ficción, otro teatro.


Un buzón baja del cielo. Federico quiere enseñar al mundo, a través de ese buzón, su última creación, su última obra que ha escrito al otro lado de la alcantarilla. Esa obra es rechazada una y otra vez.


Alegrías y llantos, futuro y pasado, realidad y delirio, insurrección, inconformismo, claudicación y rebelión, amor-rabia-amor. Federico ha venido a descubrir no un espacio y tiempo concretos, sino al ser humano que él mismo lleva dentro y al que intenta encontrar en los demás, en los personajes que ha creado, en la actriz que les ha dado vida, en las personas de las que ha sacado los personajes, en el público.


Por último, para no desvelar el final, solo diré que Pepe Moreno elige como acompañante de Federico, en su vuelta al inframundo, a un personaje que cumple la doble condición de ficción y carne. Pero, hasta llegar a ese final, antes hay que transitar por las acciones, por los dramas, por la carne viva y la incertidumbre. Así se cumple -Pepe Moreno hace que se cumpla a la perfección– la definición de teatro que involuntariamente escribe Stephen W. Hawking en Historia del tiempo: «Con el advenimiento de la mecánica cuántica hemos llegado a reconocer que los acontecimientos no pueden predecirse con completa precisión, sino que hay siempre un grado de incertidumbre».


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